Senectud, divino tesoro…
Posted by Tomás Mojarro on 31st Agosto 2006
…que te vas para no volver. Mis valedores: los accidentes fortuitos. Marinero que a medias del mar se topó con el mensaje de auxilio en la panza de una botella, en aquel viejo ejemplar de viejos poemas que de la librería de viejo rescaté alguna vez, un viejo pedimento de auxilio me he venido a encontrar. Años de polvo y vejez en la librería se prolongaron en mi biblioteca hace tres, cuatro días, una tarde lluviosa que enlaciaba el ramaje de pinos y pinabetes…
¿Cómo fue? Casualidad, porque desde en la mañana, por el renegrido peligro que se cierne sobre mi país (un peligro chaparrito, peloncito, de lentes), arrastraba yo una indefinida depresión (ella me arrastraba a mí), y ya ustedes pueden imaginárselo: me aferré al clavo ardiendo, que para unos es la botella, para otros el rezo, para Fox el Prozac o alguna otra forma de dependencia (debilidad de carácter). Yo, por mi parte, me fui a acunar en mi biblioteca, y la casualidad: ahí el vetusto volumen. Apenas abriéndolo, a penas me remitió. Las tristuras, por conjurarlas, se refinaron.
Y no quiero morir. No quisiera morir -Amo la vida porque está colmada de poesía-Y de crímenes, y de odio y rabia y lágrimas…
Yo, el suspirillo, que el poemario no logró retirar mis vagas tristezas. Ya cerraba el volumen cuando aquel papel encogido a dobleces se me vino a las manos. Lo fui desdoblando, leyéndolo, contristándome al tenor de la tarde aterida de amagos lluviosos. Era un añejo, inconcluso mensaje sin principio ni término, amarillento de vidas y años pasados, en el que alguien que se confesaba viejo de edad (¡no “adulto mayor”, no seamos hipócritas para usar tan cursi eufemismo!), aludía a su drama personal. Leí, y me preguntaba si el anciano viva o muera a estas horas:
“…con engaños y tras de arrebatarme de mala manera mis pertenencias, en un asilo que nombran residencia me fue a encarcelar el menor de mis hijos, el más amado de todos ellos. ¿Cuándo ocurrió? Eso no logro ubicarlo, tanto mi memoria se ha raído…
Fue en el asilo donde acabé de envejecer. Pero, fuerzas de flaqueza, logré fugarme e irme a refugiar, solo y mi alma, en este cuartucho de azotea, vecino de gatos y lavaderos, abierto a vientos, lluvias y carrasperas. Afuera de mi covacha las palomas, a zureos, reniegan de la llovizna)
Tardes de domingo como esta son las más melancólicas para el que envejece de una soledad de lomo engrifado como gata en brama Por tratar de conjurarla me he aplicado a abrevar remembranzas en mi altero de viejas fotos, que más me dañan que aligerarme el espíritu. Ahí, macollo de ausencias, el oficio de mis fieles difuntos: desvaídos rasgos de la que fue mi amantísima (canto, risa, el picor la especia, el geranio, el no-me-olvides, el deseo encuevado en el catre de latón). Qué joven fui una vez…
Me he puesto a barajar mis fotos: hijas, partos, nietos, parientes ya muertos o más distantes todavía: desbalagados. Ah, esta herida que no cesa, el hijo fallecido por oscuro conflicto de la sota moza y la sota de bastos. Ausente uno más, que de mí se ha olvidado, pero cuyo olvido fue menos ingrato que el corazón de pedernal que me encerró en el asilo. En estas ácidas, corrosivas tardes de domingo, intento olvidar y recuerdo; busco recordar, y olvido. Olvidar, invocar el piadoso alzhaimer…
Obsesión: aún tan escaso de años y bienes como sobrado de ilusiones, fui padeciendo gozosas heridas de aquella sucesión de mujeres que, costras de las heridas, me dejaron estas fotos, dedicatoria y fecha vetustas y unos marchitos pétalos emparedados entre sonetos, rimas y redondillas. De súbito, inesperado, el fogonazo: llegó ella, la Mujer, y ahora mi mente burbujea de romanzas y trovas, luna llena y mandolina y ventana grifa de bugambilias. Y aquí estoy, y avizoro el final, y porque esta soledad pesa como plancha de acero sobre mente y corazón, voy a enviar este mensaje a ver si alguno…”
No me pregunten qué quise decir - es que tenia un nudo en las palabras.
Aquí se interrumpe el manuscrito. Yo, el papel en la diestra, por la ventana miro una tarde que la llovizna torna remedo de anochecer, y de noche todas las tardes son pardas. ¿Quién será, cómo sería el del clamor de auxilio? Yo, con mi soledad entera, ¿qué hubiese podido darle, si no tristuras? Un suspirillo, y el picor en las pupilas. Contemplé la tarde aterida, vi el diario:
“Día del Anciano. Solos, millones de viejos”.
Día del Anciano. ¿Alguno se percató de la fecha, alguno conmemoró el pasado lunes el Día del “Adulto Mayor”, como le apoda el eufemismo ridículo? Mis valedores, quien sepa de edad, achaques y añejos gritos de auxilio, conocerá la causa de esta mi depresión. Senectud, cuántos suspiros se cometen en tu nombre (Y qué hacer.) elvaledormx@yahoo.com.mx
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